Orisa

Autor: Raul Malfavon Malpica “Rolos”

I

Esta historia que he de contarles, ocurrió hace unos veinte años. Durante mi juventud, surque los mares con los piratas más ruines y temibles de todo el mundo, desde John “el embustero” Marswell, quien logró engañar a toda una nación para comprar su famosa cerveza de las montañas Faulhorn, que en realidad no era más que orina de cabra, hasta el viejo y no poco conocido Barba negra, con quien compartí aquel viaje que ahora he de relatarles.

Fue en el verano de 1718. Yo era un joven corsario cansado de las normas y restricciones de la corona, decidido a incursionar en la piratería. No fui el único que lo hizo en aquellos tiempos, incluso Barba negra paso por ello. Su navío insignia, “La Venganza de la Reina Ana”, no fue más que el resultado de sus primeros atracos a los barcos ingleses, por allá de 1716. ¡¿Pero qué estoy haciendo?! Divagando como siempre. Han de perdonarme por mis labios no ser de cera.

Volviendo a nuestra historia. Llegué al Venganza de la Reina Ana gracias a la recomendación de un viejo amigo y compañero de borracheras, Sir Francis “el Chimuelo” Smith, que por aquellos años no era Sir.

Francis y Edward se conocieron mientras ambos servían bajo las órdenes de Benjamin Hornigold. A Francis nunca le agrado Edward. Lo consideraba un charlatán y un simple borracho con suerte. Uno que si se encontrara con los peligros reales de este mundo, se orinaría en sus pantalones y sería el primero en saltar del barco, dejando hundirse a su tripulación con él.

Yo siempre le decía que exageraba. Barba negra estaba donde estaba gracias a su talento para los saqueos, los engaños, y por supuesto, en el fino arte de la espada. Él solo me decía que era un crédulo. Que había escuchado historias deformadas por el oído y la boca ajena. Que no lo creería hasta ver su incompetencia con mis propios ojos.

Le dije, con algo de incredulidad, que quizás era verdad, pero no tenía forma de demostrármelo. Francis soltó una risa, seguida por su icónica sonrisa incompleta. Me miró con sus ojos de apuesta, mientras le servían otro tarro de ron.

―Edward me debe un favor. Pues el muy maldito me robo mi parte en un saqueo en Haití. Le diré que te una a su tripulación y te trate como a uno más. Ni mejor ni peor. Si logras aguantar un año en su tripulación, te pagaré todas las rondas de ron que gustes durante un año.

―¿Y qué te daría yo si perdiera?

―Lo mismo James. Un año de ron ilimitado.

Lo pensé durante un par de minutos, pues si perdiera, sería mi ruina. Francis bebe como si su vida dependiera de ello.

―Está bien, viejo bribón. Tenemos un trato.

Nos dimos las manos y cerramos el trato con un buen trago de ron.

II

Llegue a la bahía de Chesapeake dos días después de mi borrachera con Francis. Mire al venganza de la reina Ana y lo aborde en busca de su capitán. Lo encontré en la cocina, sentado junto a sus hombres mientras bebían. No era un hombre muy alto ―unos 5’7 pies, podría calcular― su apariencia era insignificante la verdad, bastante promedio incluso, diría yo. Exceptuando sus ojos negros ausentes de brillo, propios de un cadáver. Aún me pongo nervioso solo de recordarlos.

―¿Capitán Barba negra? Soy James Kidd, me recomendó Francis Smith.

―Sir Barba negra para ti muchacho. ¿Entendido?

―Sí señor― dije con el nerviosismo propio de un niño regañado, incluso sabiendo que la reina le había arrebatado su título hace poco.

Comenzó a reír junto a sus hombres. ―Estoy bromeando hijo. ¿Gustas algo de ron?― dijo mientras sonreía con una sonrisa algo macabra.

―Eh… Sí, claro. Mientras no esté envenenada o sea orina de cabra.

―Muchacho, soy ruin y despiadado, pero tampoco soy un demente como el idiota de John Marswell― replicó entre risas, dando otro sorbo a su tarro. Supongo para darme confianza en la bebida.

―¿Kidd? No es un apellido nada común, muchacho. ¿De casualidad estás emparentado con William Kidd?― preguntó mientras me miraba los ojos, esperando ansioso mi respuesta.

―Sí, señor. Era mi padre.

―¡¿Tu padre?!― exclamó al mismo tiempo que se levantaba ligeramente de la mesa, azotándola con sus manos.

―¡Eso es imposible muchacho! Quizás no conocí a William en persona, pero todo el mundo sabe que solo tuvo hembras por descendencia.

Lo miré algo extrañado. ¿Quién usaría “hembras” para referirse a las mujeres?

―No se equivoca en ello capitán― repliqué con rapidez para ocultar mi duda sobre el lenguaje que Barba negra me había provocado.― No soy hijo biológico de Kidd. Él me adopto a los seis años, tras perder a mis padres en un ataque pirata, cuando aún él pertenecía a la marina.

―Vaya chico, eso sí que no me lo esperaba. Pero tendremos más tiempo para hablar después, por ahora Josh te mostrará tus deberes.

Josh era un hombre corpulento. Su cuerpo era similar a un barril, sin lados desiguales por su enorme barriga.

―Por aquí joven, sígame― dijo mientras se levantaba de su silla y se ponía a mi lado.

Francis no mentía en ser uno más de la tripulación. Me asignaron lavar los suelos cada mañana y revisar los cañones cada noche antes de dormir.

―¿Alguna pregunta?

―Sí señor. ¿Dónde dormiré?

Sonrío con una expresión de burla. «Acaso quiere su camarote con vista al mar», seguro pensó. ―Sígueme, ahora te llevo.― Bajamos durante unos diez minutos, hasta llegar a la parte más profunda del barco, donde la luz apenas existía y la higiene no era más que un mito.

―Aquí comerás, dormirás y cagarás. ¿Algo más?

―¿Cuál será mi hamaca?

―Si alcanzas alguna, esa. Si no, dormirás en el suelo entre mierda y orina, que limpiaras al despertar antes de trabajar o tragar.

―¿Entendido?

―Entendido.

Si les soy sincero, no era muy distinto a mis primeros años de corsario. Al menos en esos tiempos teníamos hamacas asignadas y defecábamos en las letrinas habilitadas en la proa y en la popa, con algunos accidentes ocasionales, claro está.

III

Desperté a la misma hora que mis compañeros. Limpiamos entre todos los residuos del día anterior para posteriormente desayunar. Realice mis tareas matutinas y termine alrededor de las dos de la tarde, comí con mis compañeros y al terminar busque a Josh para ver que más podía asignarme. Lo encontré entrando a la cabina del capitán y lo esperé la media hora que tardo.

―Entonces, iremos hacia el sureste capitán. Llegaremos a la isla en dos semanas.― dijo Josh, su voz se escuchaba débil por la distancia. Me acerqué para escuchar mejor la conversación.

―¿Tenemos suficientes provisiones Josh?― preguntó una voz femenina que desconocía ―El viaje podría ser más largo de lo que pensamos. No sabemos su ubicación exacta, solo estimaciones.

―Sí señorita, tenemos provisiones para más de un mes. Además, Arthur prevé la pérdida de unos veinte tripulantes en todo el viaje, lo que nos daría otros tres o cuatro días de provisiones.

―Perfecto.― dijo Barba negra. Su voz era la única que se escuchaba clara a la distancia, fruto de su costumbre de gritar al hablar. ―Josh, dile a Arthur que vaya preparando todo para cuando lleguemos, quiero empezar la búsqueda nomas tocar tierra.

―Sí capitán.

Josh salió apurado de la cabina y me miró de pie frente a la puerta.

―¿Holgazaneando muchacho?

―No señor. Ya terminé mis tareas y le buscaba para que me asignara más.

―¿Con qué tenemos un relámpago en la tripulación? Espero no seas así con las putas, chico, o pagarás mucho dinero por solo unos minutos.― Josh rio durante unos segundos. Pude ver su dentadura y no era muy distinta a la de Francis, más amarillenta, eso sí.

―No señor, no soy de ese tipo de hombres.

―No me digas. ¿Eres maricón, acaso?― Me miró con una extraña mirada. No era de burla ni de desprecio, más bien de esperanza.

―Me malentiende. Me refería a las putas, no me gusta pagar por esos servicios.

―Entonces eres tacaño, ya veo. A los chicos no les agradará eso. No esperes que te paguen ellos los burdeles.

―No señor.― dije con un tono de cansancio en mi voz ―No me gusta pagar por sexo, prefiero cortejar a las damas y ganarlo con mi esfuerzo.

―¿Cómo la pesca?

―Sí, señor. Como la pesca.― dije mientras soltaba una pequeña risa discreta.

―Te gusta lo difícil, chico. Me agradas.

―Gracias señor, usted también me agrada.

―Dime Josh, muchacho. No es necesario que seas tan formal.

―Lo haré, Josh.

―¡Josh! ¿Qué haces aún ahí parado, ya fuiste a ver a Arthur?― exclamó la mujer que había oído hablar desde la cabina del capitán.

―No señorita Elizabeth, una disculpa.

―Nos vemos James. Repórtate con Louise el cocinero, para ver en qué puedes apoyarlo.

―Sí Josh. Nos vemos.

Elizabeth me observo durante un par de minutos. Su mirada era fría y su piel era blanca como la nieve, bastante raro en el caribe.

―¿Necesitas algo?― me preguntó mientras me observaba de pies a cabeza. Sentí como analizaba hasta mi alma.

―No señora. Si me disculpa, he de irme a la cocina.

No dijo nada hasta que estuve a diez pasos de distancia ―Señorita Elizabeth, James. Aún no me he casado.― Su voz tenía un tono alegre, incluso intentando mantener la compostura, pude notar una pequeña sonrisa indiscreta formarse en su rostro.

―Sí señora. Digo… Señorita Elizabeth, una disculpa.― replique con una sonrisa.

IV

Baje a la cocina y pregunte por Louise.

―Esta atrás, buscando patatas.― Me dijo un joven, mientras señalaba una puerta detrás de la barra de servicio.

Le agradecí y rodeé la barra de la cocina, tocando la puerta poco después.

―¿Cocinero Louise, se encuentra ocupado?

―¿Puedes abrirme la puerta?, se me caen las papas, joder.

Abrí la puerta y mire una montaña de papas, se movían de un lado a otro sobre los negros brazos de Louise.

―¿Podrías quitar el culo?

―Sí señor, una disculpa.

Me moví a la derecha y Louise dio un paso al frente, tirando las papas y sacudiendo el polvo de sus manos.

―Con esas son suficientes para comer y cenar.

Voltio a verme y me preguntó: ¿Quién eres y qué quieres?

―Soy James. Me envío Josh, el contramaestre.

―Sé quién es Josh, imbécil, todos en el barco lo saben. Incluso tú, que en mi puta vida te había visto. ¿Qué quiere el idiota de Josh?

―Me envió a apoyarle en lo que necesite.

Toco su frente y se limpió el sudor. Incluso si el sol no entraba en la cocina, el calor había encontrado la forma de hacerlo.

―No solo debo hacer comida para treinta personas más de las que me habían dicho, también me enjaretaron a un imbécil por ayudante.

―Disculpe señor, pero no soy un imbécil.

―¿Qué dijiste? ― dijo mientras me miraba con desafío.

―Que no soy un imbécil señor. Bueno, una vez compre un ron supuestamente añejado por diez años y resulto ser jugo de caña. Fuera de eso, no lo soy.

Louise intento aguantar la risa, pero no pudo. Meneó la cabeza y puso una mueca de agrado con la boca.

―Eres un imbécil con buen sentido del humor, durarás bastante aquí.

―Eso espero, hay mucho ron en juego.

―¿Disculpa?

―Nada señor. Una broma de familia, nada más.

―Como digas.

Levantó unas papas y las puso sobre la plancha ―¿Qué esperas? Levántalas tú también.

―¿No deberíamos lavarlas?

―Niño, estos hombres deben preocuparse más por la sífilis que por un poco de tierra. Déjate de tonterías y comienza a levantar.

Levantamos las papas, las pelamos y después cocinamos. Terminamos poco antes de la cena. Cuando me dirigía a cenar con mis compañeros, Louise me detuvo y me ofreció cenar con él, con Josh y los demás oficiales, como pago por haber preparado la cena. Acepte con gusto.

Me senté en la mesa. Era una mesa vieja y carcomida por el tiempo y las termitas, —me sorprende que no se hubieran dado ya un festín con el barco ― tenía quemaduras de tabaco por todos lados y un extraño olor a ron quemado y pescado descompuesto, nada agradable, obviamente. No teníamos sillas y mucho menos sofás. Nos sentamos sobre cajas vacías y los menos afortunados, como fue mi caso, sobre pequeños barriles.

Mire a los comensales y noté dos grandes ausencias:

―Josh, ¿el capitán y la señorita Elizabeth no piensan cenar?

―No muchacho, el capitán ya está cenando― dijo Josh mientras reía ―pero nunca lo hace con nosotros. Para él, la comida es lo más sagrado, después del oro claro, así que él siempre come en su camarote, solo.

―Pero no fuera ron que hasta hemos vomitado juntos― agregó Louise, mientras devoraba su cena sin gracia alguna.

―Le gusta la tranquilidad― dijo el hombre que estaba a mi derecha. No había soltado palabra alguna durante lo que llevábamos de cena, solo comía y bebía. ―como a mí Louise, así que entiendo por qué le resultamos molestos a la hora de cenar.

―No exageres Arthur― dijo Josh, mientras se servía otra ronda de ron ―claro que no le resultamos molestos, solo no disgusta de sus platillos a gusto por nuestros hedores.

―Respecto a la señorita Elizabeth― continúo Josh ―Nunca sale de su camarote a menos que el capitán la llamé. Se la pasa leyendo mapas y descifrando textos para el capitán, a veces olvidamos incluso que está en el barco.

―Está loca― comentó Louise ―Lo veo en su mirada.

―No exageres ahora tú, Louise― replicó Josh ―Solo le gusta la privacidad, como al capitán.

―Ha sido así desde que llego al barco hace tres meses― dijo Arthur, mientras cortaba su último trozo de papa y se lo llevaba a la boca. ―Me agrada, es silenciosa y solo se preocupa de hacer cumplir las órdenes del capitán. A veces me pide que le consiga cosas raras, pero facilita mi trabajo diciéndome dónde comprarlas.

―¿Qué clase de cosas le pide? ―pregunté.

―Lo usual. Cuerdas, velas, rocas marinas, sal, algunas hierbas algo raras, mapas y libros. Sobre todo libros.

―¿Le gusta mucho la lectura? No se ve como una mujer amante de la ficción― dije con un tono entre sarcástico e intrigado.

―No lo es.― dijo Arthur de forma seca y directa ―Son libros de leyendas, mitos, rutas marinas y tipos de hierbas, por lo que he podido ojear. Nunca me ha interesado leerlos, solo los busco y los entrego.

Tras haber Arthur guardado silencio, decidimos cambiar a temas más tranquilos, ajenos al trabajo. Hablamos de mujeres, nuestros mejores viajes y los muelles más horribles en los que habíamos estado. Contamos leyendas del mar e historias de nuestras tierras. Descubrí que Josh era de Italia, Arthur de Irlanda y Louise de Haití, hijo de un español y una esclava negra. Terminamos la charla alrededor de las diez de la noche. Levante mi plato y me despedí de todos.

V

Salí de la cocina y subí a la proa para respirar un poco de aire fresco antes de revisar los cañones. La luna era hermosa. Su luz iluminaba el mar con un tono plateado maravilloso. Me perdí completamente en los ruidos del mar, en ese golpe seco que realizaban las olas al chocar con el barco y en el susurrante sonido del mar, que hacía vibrar mis oídos mientras que el fuerte olor a sal calmaba mis nervios.

―Es hermoso, ¿no?― me susurro al oído una voz femenina. Voltee a ver y me encontré con Elizabeth parada detrás de mí.

―Sí, bastante. Siempre he amado el mar y la magia proveniente de él.― noté que Elizabeth traía un pequeño telescopio y un collar con un extraño mineral verde en su mano, así que pregunte por ellos.

―Venía a observar las estrellas, así sabré si nuestra dirección es la correcta― dijo nada emocionada― cosa de rutina. El collar es de buena suerte, me lo dio mi madre. Pero mejor cuéntame, ¿a qué te refieres por magia al hablar del mar?

―Amo las leyendas y mitos que la gente cuenta. Creaturas ocultas que surgen de las profundidades, como el Kraken, o los seres fantasmales que surcan los mares, como el viejo Davy Jones.

―¿Sabes que todas esas son mentiras que la gente cuenta, verdad?― replicó con incertidumbre mientras se removía los cabellos de su rostro, dejando brillar su piel por la luz de la luna.

―¿Eres escéptica?

―¿Hablas de dios?

―No, me refiero a las leyendas del mar.― conteste con una pequeña risa.

―No. Solo sé que todas ellas son mentira.

―¿Cómo lo sabes? ― pregunte bastante intrigado. Ella sonrió,

―Solo lo sé.

―¿Entonces crees que el mar está vacío, qué no hay misterio alguno en él?

―Yo no dije eso ― ella sonrío de nuevo, orgullosa de saber algo que yo no― El mar está lleno de misterios, pero todos están ocultos para los humanos. Esos son los misterios que me interesan. Aquellos que nadie ha visto y que los pocos que han oído o escrito de ellos, han perdido la cordura. Misterios que hielan la sangre tan solo por hablar de ellos.

―¿De qué hablas?― dije con miedo en mi voz y extrañeza en la mirada.

Ella sonrío de forma macabra, sabiendo que sus palabras habían aterrado cada parte de mi ser.

―Si tenemos suerte, pronto lo sabremos.

No dijo nada más.

Me despedí de ella y no recibí respuesta alguna. Realice mis tareas nocturnas y me fui a dormir poco después.

VI

Me desperté una hora antes que el día anterior, agitado por una horrible pesadilla. Me encontraba suspendido en la nada. La oscuridad era todo lo que había a mi alrededor. No estaba solo, podía sentir algo que me observaba; me susurraba, no al oído ni en mi mente, sino en mi alma. No escuche ruido ni palabra alguna, pero sabía que trataba de decirme algo. Quería estar solo.

VII

Tras una hora de estar perdido en mis pensamientos, tratando de comprender que había soñado, decidí ir a desayunar. Me encontré a Louise bebiendo su tarro matutino de ron, me vio extrañado y me ofreció un poco para calmar mis nervios.

―Te ves peor que novato en su primer viaje, ¿qué te pasa, imbécil?

―No lo sé ― dije apenado ―tuve un extraño sueño la noche anterior, tras hablar con Elizabeth en la proa.

―Ves, está loca, tal como te dije. Seguro ya metió ideas extrañas en tu cabeza. En mi tierra ya la hubiéramos quemado por bruja. ― Louise siempre se había sentido más español que haitiano, cosa rara, pues su padre había abandonado a su madre y la había vendido a un bucanero francés, quien le puso nombre a Louise y se casó con su madre.

―No lo sé Louise. ¿Quizás solo me hizo daño tu comida?

―Si fuera ese el caso ― replicó Louise con ceño fruncido y sequedad en su voz ―no sería mi sazón el problema, sino tu presencia en mi cocina, imbécil.

Trate de idear una respuesta ingeniosa, pero Louise me había atrapado.

―Te concederé esta victoria, Louise. Me has dejado sin respuesta alguna.

―Claro imbécil, soy el maestro del insulto.

―Tampoco te alces tanto― dije con una sonrisa traviesa en mi rostro, sabiendo que lo había pillado ―no dejas de repetir imbécil tras mi nombre, Louise. ¿No tienes otro insulto acaso? Sin duda te hace falta más creatividad y un vocabulario más amplio.

Me miró con ira. Sabía que estaba furioso por mi manera tan peculiar de decirle imbécil. Tras unos segundos de silencio replicó: ―Tienes razón James.― dijo con malicia en su mirada y sarcasmo en su voz ―No soy tan creativo como tú con la palabra, pero sí con las acciones. Por tu payasada te quedas sin desayunar.

―No puedes hacer eso, Louise. Le diré a Josh.

―¿Iras a llorar con “papá”? A ver si él te hace el desayuno, porque yo no.

Louise se rio en mi cara y no me hacían falta ganas de golpearlo, ―no para hacerle daño, entre piratas era normal golpearse entre camaradas, pero era mi superior y no podía permitirme que lo confundieran como insubordinación ―pero no hice nada, pues un grito interrumpió nuestra disputa.

―Tierra a la vista― grito tres veces el vigía.

VIII

Cuando llegamos a la proa, Louise y yo vimos a toda la tripulación reunida, admirando la presencia de Barba negra, Josh y Elizabeth.

―Hemos llegado, de verdad hemos llegado ―exclamó Barba negra con entusiasmo. Su voz denotaba cierto escepticismo respecto a la existencia de la isla, incluso si se encontraba frente a nuestros ojos.

―Admirar todos, la isla Orisa. Aquí encontraremos tanto oro como el que posee la corona inglesa― exclamó Barba negra mientras sonría, extendiendo su mano hacia Elizabeth ― Y todo gracias a nuestra querida Eli.

La tripulación gritó y aplaudió con fervor, celebrando la gran hazaña de Elizabeth, cantando al unísono su nombre. Yo me estremecí, pues al verla ahí parada junto a Barba negra, noté la misma sonrisa macabra de la noche anterior.

―Suficiente ― dijo Barba negra ―guardemos las celebraciones para cuando tengamos todo ese oro en el barco. Por ahora, Arthur y Josh les explicarán como procederemos.

―Gracias capitán ―dijo Josh con sequedad. Cuando se dirigía a la tripulación mantenía la compostura, no mostrando emoción alguna. ―Cuando lleguemos a la isla, diez de ustedes se quedaran vigilando los botes, mientras el resto nos dividiremos en tres grupos de treinta. El primer grupo, dirigido por Arthur, revisará el oeste de la isla, buscando cualquier objeto de interés. El segundo, dirigido por su servidor, haremos lo mismo con el este. El último será liderado por nuestro capitán y la señorita Elizabeth, acompañándolos hasta el centro mismo de la isla.

John dio un paso atrás y permitió la palabra a Arthur. Con un tono inexpresivo, muy propio de él, expreso:

―He seleccionado ya los grupos y a aquellos que cuidaran los botes. Cuando desembarquemos en la isla nos dividiremos como es debido. Mientras tanto, suban a un bote y pónganse a remar.

IX

Desembarcamos media hora después de la reunión. Atamos los botes a las palmeras más cercanas y nos dividimos en los tres grupos seleccionados por Arthur. Louise estaba con Josh. Yo con Barba negra; quien al verme sonrió y me saludo.

―Muchacho, ¿entusiasmado? Seguro ya no puedes con la emoción de explorar la isla. Ahora sí sabrás lo que es un buen tesoro.

―Eso espero capitán, la isla se ve prometedora. Gracias por seleccionarme en su grupo.

Barba negra reaccionó confundido.

―Yo no te seleccione, chico ―replicó Barba negra ―Me agradas, pero no tienes nada de especial. No necesitaba necesariamente de tu ayuda para la búsqueda… Pero eso sí― continuo Barba negra, seguro tratando de conciliar su menosprecio a mis habilidades ―me alegra saber que Arthur te puso conmigo.

―Gracias por sus palabras capitán― dije con desilusión. Pensaba ilusamente que ya me había ganado la confianza de Barba negra. ¿Cómo pudieran culparme por creerlo? ¿Qué tan probable era que un novato estuviera en el grupo principal con tan solo unas semanas en la tripulación?

―Me permite preguntarle algo capitán.

―Claro.

―¿Cuándo empezaremos nosotros la búsqueda? Los otros dos grupos ya están partiendo y nosotros seguimos aún aquí parados.

―En unos minutos muchacho, no te desesperes. Solo esperamos a que Eli esté lista.

―Entiendo capitán. Con su permiso, iré a esperar con los demás.

X

Por más que quisiera plasmarlo por escrito, no hay palabra adecuada para reflejar la desesperación y aburrimiento que sentí en aquel momento. Si hay algo que odio es esperar. Si hay algo que odio aún más es esperar a una mujer ―mal que aún poseo ―y más si esperarla conlleva no poder explorar un lugar tan mágico como lo era la isla Orisa.

Mientras esperaba, volteé a ver a Elizabeth varias veces, tratando de apresurarla con la mirada. Compartimos miradas un par de veces. Tras diez minutos de esperar, Elizabeth cerró el mapa que estaba leyendo y se dirigió hacia Barba negra. Yo me acerqué para escucharlos.

―Todo listo― dijo Elizabeth a Barba negra.

―¿Segura?

―Sí, partamos de una vez. Los muchachos se ven ya desesperados.― Elizabeth volteo a verme y soltó una pícara sonrisa. Seguro se burlaba de mi rostro de aburrimiento y desespero de hace unos minutos.

XI

El calor en la isla era insoportable en un inicio, pero a medida que avanzamos, el sol se ocultó y se perdió en el horizonte, escondido por el espesor de las palmeras que nos rodeaban. El sol no fue lo único que desapareció. El viento que había estado soplando ―y que había hecho nuestra corta caminata más agradable bajo el inmenso sol― también nos había abandonado. «Qué extraño, pareciera que hemos caminado por horas» pensé con notable confusión «Pero no hemos ni de llevar más de veinte minutos caminando. Debería estar tan soleado como las playas de Cuba o Haití a medio día. En su lugar, parecen las doce de la noche».

La caminata continúo durante un par de minutos más, tiempo suficiente para que las estrellas y la luna también nos abandonaran, dejando al cielo vacío y en completa oscuridad, como el corazón de una expareja. El ambiente se había puesto tenso. El silencio se había apoderado de la isla y ni siquiera los insectos o las aves mostraban su presencia a través del ruido de sus alas. Estábamos solos, eso estaba claro. Los muchachos no tomaron eso como una buena señal. Comenzaron a ponerse nerviosos. Más de uno propuso regresar a los botes y esperar al resto de la tripulación, llevándonos todo lo que ellos hubieran encontrado. Barba negra se negó. Dijo que solo los cobardes y los niños se arrepentían de sus actos en los momentos de crisis. ―Si alguien quiere irse, puede hacerlo.― proclamó con frustración y coraje en su voz ―pero eso sí, deberán de encontrar también un barco o bote para largarse de la isla. Los míos no son para los cobardes. La reprimenda de Barba negra no duro demasiado, su voz fue remplazada rápidamente por el sonido de las hojas moviéndose. Barba negra y Elizabeth apuntaron con sus pistolas, el resto nos quedamos al asecho, esperando el peligro que se avecinaba.

―¡No disparen!

Barba negra y Elizabeth bajaron sus armas. Del follaje se asomaron tres figuras humanoides. No eran extraños, aunque su apariencia era muy distinta a como los recordaba.

―Josh. Louise. Arthur. ¿Qué les ha pasado?

―No lo sabemos capitán, hemos estado perdidos durante días. A Arthur lo encontramos hace poco, dice que lleva semanas perdido.― susurró por el cansancio Josh. Arthur se sostenía de uno de sus hombros. No tenía fuerzas para alzar su otro brazo.

―Capitán, pensé que moriría. Mi grupo desapareció poco a poco. Después de caminar por lo que supongo fueron semanas, me encontré con Louise y Josh.

Arthur se encontraba en un estado deplorable. Tenía una extensa barba rubia y sus pómulos recordaban a los de un cadáver.

―¿De qué hablas Arthur? No llevamos ni dos horas en la isla.

Barba negra tenía razón. Incluso con la cantidad abusiva de tiempo que Elizabeth nos robó esperándola, no podíamos siquiera llevar dos horas en la isla. Aunque la apariencia de Arthur dijera lo contrario.

―Capitán, creo que lo mejor sí es regresar al barco. Arthur necesita ayuda, además, su apariencia es propia de un náufrago, seguro se muere de hambre y sed.

―Muchacho, ¿Tú también te acobardas? Esperaba más del hijo de Kidd, incluso si no eres ni su bastardo.

La ira corrió por mis venas. Había tantas cosas que me hubiera gustado responder entonces. Primero, claro, le hubiera dicho que se jodiera. Después hubiera terminado la conversación dándole un buen golpe. La realidad, por desgracia, fue otra.

―Disculpe capitán, pero no es cobardía. Arthur podría morir si no lo llevamos al barco.

―Él sabía en qué se metía al hacerse pirata y unirse a mi tripulación ― dijo Barba negra mientras me apuntaba con su arma en el pecho ―Yo de aquí no me voy sin un tesoro. Así que comienza a caminar. Iremos a la cueva que Eli me prometió, llena de tesoros inimaginables. ¿Está claro, James?

―Sí. Barba negra.

Barba negra frunció el ceño y me ignoro. Elizabeth no dijo nada. No esperaba que me defendiera o se opusiera al capitán. Sabía que a ella no le importaba nada de lo que estuviera ocurriendo, y esa falta de palabras no hizo más que confirmármelo. A ella solo le importaba la cueva y lo que hubiera allí. Por desgracia, pronto lo averiguamos todos los demás.

XII

En la entrada de la cueva, Josh y Louise se quedaron cuidando de Arthur. Trate de hacer lo mismo, pero Barba negra se negó rotundamente. Necesitaba todas las manos libres que tuviera en el grupo para sacar su preciado oro.

La cueva era extensa, casi tan larga como un poblado entero, y tan alta como dos barbas negras montando uno sobre el otro, como el bufón que en realidad era ese hombre. Nos adentramos demasiado. Si el sol todavía estuviera en el cielo ―o en su defecto, la luna y las estrellas ―su luz no sería capaz siquiera de rozar nuestras botas. No estábamos a oscuras. En la cueva existían pequeños minerales verdes que brotaban de las paredes; y que, a medida que avanzábamos, comenzaron a brotar del suelo y del techo de la cueva, como si las estalactitas y las estalagmitas fueran los hogares idóneos de las luciérnagas, como lo son los panales para las abejas.

Llegamos al final del camino y no encontramos ningún tesoro, en su lugar, una abertura de cientos, quizás miles de millas, se encontraba frente a nosotros.

―¿Qué es esta mierda, Eli? ¿Dónde está mi maldito tesoro?

Elizabeth solo sonrió. Aquella sonrisa malévola volvió a hacer acto de presencia en su rostro.

―Allá abajo capitán, hay algo mejor que un estúpido tesoro. Está la verdad que se nos ha negado a los humanos, alejada de falsos dioses y mártires crucificados. Ahí abajo está Dios, o al menos uno de ellos.

―¿De qué mierda me hablas, Elizabeth? Déjate de tonterías y muéstrame dónde está el oro.

―¿Acaso eres estúpido? No hay oro, imbécil, te utilicé.

Elizabeth volteó a verme y me dedico una sonrisa, una que sabía muy claro su significado: «Es hora, James». Extendió su mano y observé de nuevo aquel collar de la noche anterior. ―Capitán, permítame presentarle a Dios.

Elizabeth soltó el collar y todo se ennegreció.

XIII

Una luz cegadora surgió del abismo e ilumino la cueva como una bella tarde de verano. Un rugido rompió el silencio, enfriando mi sangre y destrozando mis oídos, ― daño que dejo sus estragos con el tiempo, y la edad no hizo más que acrecentarlos ― provocando un horrible estremecimiento de mis músculos y extremidades. Me sentía inmóvil, incluso de pie no era capaz de sentir mis pies o el suelo debajo de ellos. Sentía como si flotara, como en aquella pesadilla.

Mire a Elizabeth y a Barba y los noté también inmóviles. Se encontraban en la misma posición de hace unos segundos: Ella con el brazo extendido y Él con su mano sobre el mango de su pistola, preparado para disparar.

Una creatura, ser o Dios ― no sé cuál termino sea el más adecuado ―surgió del averno provocado por Elizabeth. Era enorme, ni siquiera miles de barcos colocados uno sobre otro alcanzarían el tamaño de una de sus extremidades. Era verde y escamoso, lo compararía con un pulpo o calamar humanoide, si estos poseyeran un ápice de su magnificencia o si pudieran siquiera hacerme sentir lo que ese ser me provoco al verlo.

«¡Largo!» «¡Quiero dormir!»

Esas palabras no cruzaron por mi mente y mucho menos los rugidos que inundaban la cueva las decían. Era de nuevo esa sensación, algo las susurraba en mi alma. Sentía como una parte de mí ardía y se desprendía de mi ser. No sabría decirles si era acaso mi cordura abandonándome, o, en su defecto, se trataba de mi alma siendo quemada y extraída de mi cuerpo. Mis ojos por momentos parecían contraerse en sí mismos, como si trataran de resguardarme de aquella locura de la que éramos testigos.

El estruendo se detuvo.

Tras unos segundos pudimos movernos de nuevo. Barba negra disparo, pero Elizabeth ya estaba lejos de su mira. La bala no se perdió en la oscuridad, pues el sonido ― o el roce del impacto sobre su piel ― alerto a la criatura, la cual volteo a vernos y rugió de nuevo. Esta vez no nos inmovilizamos, pues la tierra empezó a temblar y a caerse debajo de nosotros.

―Debemos salir de aquí― grité con el poco aire que aún había en mis pulmones. Ni Elizabeth ni Barba negra me escucharon.

Me acerqué a ambos y comencé a jalarlos de sus ropas y a impulsarlos. Por más que Elizabeth nos había traído aquí y la ambición de Barba negra nos había condenado, no podía dejarlos atrás. Ambos aún me debían varias explicaciones y escarmientos que me cobraría tiempo después. Salimos de la cueva a toda velocidad y nos reagrupamos con Josh, Arthur y Louise en la entrada de la cueva. Fue difícil contarles lo que había sucedido, y más porque ni Elizabeth, ni barba negra y mucho menos el resto del grupo, estaban listos para hablar de ello.

XIV

A la fecha no sé cómo escapamos de la isla ni porque ese ser nos dejó ir, pero cuando llegamos de nuevo a Chesapeake ya era otoño. Habíamos perdido tres meses de nuestra vida en un viaje que debió haber durado tan solo uno.

Barba negra nunca volvió a ser el mismo. Si de por sí ya era un hombre loco, este viaje no hizo más que dañar aún más su ya pobre salud mental, dejándolo vulnerable hasta el día mismo de su muerte el 22 de noviembre de 1718. Elizabeth, por otro lado, desapareció de mi vida durante un tiempo, hasta que nuestros destinos volvieron unirse para mi desgracia. Josh, Arthur, Louise y yo vivimos varias aventuras más poco después, pero esas son otras historias, que algún día espero contarles.

Y para aquellos que se lo pregunten, tristemente tuve que pagar mi deuda invitándole varias rondas a Francis, pues no pude cumplir mi año de servicio con Barba negra. Quizás en un futuro les narre todas las burlas y bromas que el ron le ayudo a contar, pero mientras tanto, me despido de ustedes, mis queridos lectores.


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